
El cóndor peregrino, venido de las cumbres del altiplano,
de los confines incaicos, planeando sobre el río de la Plata,
posó su poderosa vista sobre una hermosa flor silvestre.
Con círculos perfectos planeó en bajada sin desviar su vista.
Con delicada suavidad cogió la flor entre sus dedos,
Se dirigió al norte. San Miguel, San Miguel de Tucumán.
Allí decidió un día formar un nido, lo pondría en la cumbre
de la montaña más alta, cerca del Altísimo, para servirle fiel.
La flor decidió seguirle y adornar su nido, tejido de tres cuerdas.
Una pequeña flor emplumada completó el nido, su hermoso lugar,
Y volaron los tres hacia lo alto, al encuentro de su Dios
Una sonrisa de aprobación recibieron como don precioso
Un día la flor se tornó en espinas, y ya no pudo acompañar
al cóndor ni a la pequeña flor, no pudo mas volar con ellos.
Sus lágrimas se volvieron miel, miel de espinas y de cardos.
Desde ese día el Águila Pater, nombró al cóndor, custodio de la flor.
La pequeña flor ha crecido y con sus pétalos abriga sus espinas
La llena de música y de lágrimas de oro, “estaremos juntos”.
Dicen que por las noches las alas del cóndor de llenan de miel,
y volando alto, las deja caer por todas partes, donde la distancia muere.
Las flores del campo se llenan de ellas y recobran el ánimo y sonríen.
Sobre la montaña se puede ver un nido lleno de espinas, plumas, miel y amor.
José Santos
2010