Domingo, Septiembre 05, 2010
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Víctor no podía dormir esa noche. No podía dejar de pensar en los acontecimientos del jueves pasado. Sus compañeros de teatro lo habían escuchado con una sonrisa irónica en el rostro y miradas de complicidad entre ellos. No entendieron su entusiasmo en hablar de “religión”. Rápidamente cambiaron de tema y se dedicaron a bromear mientras cuidaban los decorados de la función de teatro que presentarían al día siguiente, en esa plaza del sector. Recordó que ese fin de semana no había ido a visitar a su enamorada. No lo había hecho pues no pudo dejar de asistir a la reunión del Salón del Reino el día domingo. Estaba demasiado entusiasmado con las cosas maravillosas que estaba descubriendo. El señor que le estaba ayudando a entender la Biblia, le había ofrecido estudiarla los días lunes de cada semana, después del Estudio de Libro de Congregación, y él había concordado encantado. De modo que habían iniciado la consideración este mismo día lunes. Por eso no podía conciliar el sueño.

Le sorprendió lo rápido que la confesión religiosa a la que estaba concurriendo, dejara de parecerle “rara”. Recordó las aprensiones de Milton, su amigo hippie, y compañero de universidad:

“Esos ‘compadres’ son raros. Dicen que dejan morir a sus hijos por no ponerles sangre.”

— ¿Porqué los Testigos de Jehová no dejan que a sus hijos se les transfunda sangre? –había preguntado a su conductor de estudio.

— Yo soy padre de cinco hijos. Y los amo mucho –había respondido su conductor–. ¿Usted cree que no haría todo lo que estuviera de mi parte para salvarles la vida si fuera necesario?

— Me imagino que sí –había contestado Víctor, un tanto abochornado, temiendo haber ofendido a su interlocutor.

— Por supuesto. Y lo hacemos. –había respondido con tranquilidad y bondad el anciano Testigo–. Lo que sucede es que muchas personas tienen una idea tergiversada de nuestra religión. Y se apresuran a sacar conclusiones por comentarios que han escuchado de otras personas que no nos conocen, y que no entienden ni conocen las razones de nuestra posición. Especialmente de personas que tienen animosidad o prejuicio hacia nuestra obra. Pero no tenemos ningún inconveniente en explicar bíblicamente nuestro entendimiento de este mandato divino a las personas que sinceramente quieren saber.

A continuación habían dedicado esa noche a investigar todos los pasajes bíblicos que mostraban claramente que el entendimiento de los Testigos de Jehová, no solo era acertado, si no muy valeroso y leal a los mandatos Divinos.

“No me muestre más” –había dicho Víctor, plenamente convencido de lo correcto del entendimiento bíblico acerca de la santidad de la sangre–. Lo mismo había sucedido con el supuesto entendimiento de que el fin del mundo vendría en 1975. Nunca se había enseñado tal cosa. Simplemente algunos se habían dejado llevar por su entusiasmo en cuanto a la cronología bíblica sacando conclusiones apresuradas y nunca enseñadas por la organización. Esa noche habían tocado varios temas. Había sido un tanto difícil calmar a Víctor. Quería saberlo todo... y ya. Pero la promesa de que todo se le respondería a su tiempo, había logrado detener su impetuoso interrogatorio.

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Víctor caminaba a paso rápido. Debía llegar a tiempo. Ya habían intentado robarse algunos equipos de sonido la noche anterior. Por ello portaba el revolver oculto en su cintura. Esperaba no tener que usarlo. Después de todo ni él ni sus amigos  tenían permiso para portar armas. ¿Habrían llegado ya sus compañeros del grupo de teatro universitario? La función anterior había atraído a un buen número de vecinos amantes del teatro a la plaza del sector. ¿Habría una concurrencia similar esta noche? Esperaba que sí, pues el teatro al aire libre no era muy conocido en la ciudad. Lo molesto era tener que amanecerse cuidando las instalaciones de la obra durante toda la noche. Afortunadamente solo quedaban dos funciones más antes de levantar todas las instalaciones.

Saca una peineta del bolsillo posterior de su blue Jean  y la pasa por su medianamente  larga cabellera. A sus 24 años su bigote bien arreglado le hace parecer algo mayor. El frío que empieza caer  le hace arrepentirse de haber optado por llevar sandalias en vez de zapatos, y además sin calcetines podría resfriarse.  Al menos eligió bien al llevar su parca cortaviento. Saca un cigarrillo del bolsillo de su camisa y lo enciende para amortiguar un poco el frío. Le resulta extraño que el clima haya cambiado tanto. Antes durante el mes de Marzo hacía mucho calor todavía, pues recién estaba terminando el verano.  Mientras camina recuerda la conversación con el profesor de antropología, durante las últimas clases del año recién pasado en los pasillos de la universidad.

—    Así es que usted no cree en la evolución, señor Toloza. ¿Y podría argumentarlo? –preguntó aquella vez el barbudo y joven profesor.

—    En realidad no sé cómo se podría argumentar científicamente –respondió Víctor–, pero tengo sobradas razones para creer que el ser humano fue creado, y no proviene de una cadena interminable de cambios casuales.

—    ¿ Y usted se ha tomado la molestia de investigar la avalancha de pruebas científicas y arqueológicas que demuestran la veracidad de la teoría de la evolución?

—    No estoy tan seguro de que sean “pruebas”, y mucho menos concluyentes, profesor.

El comienzo de la hora de la clase de antropología, interrumpió bruscamente la conversación, dejando a Víctor con una extraña sensación de ansiedad.

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