Mi querida Bettys
Relato breve
Un día más he ido a visitar a Bettys. Y allí estaba junto a la ventana, tan menudita... con sus cabellos blancos como la lana limpia, y su mirada... clara, transparente, azul como el cielo, mirando hacia ninguna parte, pero no con ojos vacíos, sino llenos, pero llenos de añoranzas, de tristezas, de momentos perdidos, de decepciones y desengaños, esos ojos que de seguro y a través de los años habrán mostrado tanto amor... tanta ternura y que, a pesar de los años transcurridos, en ocasiones dejan ver un brillito semejante a las chispitas que saltan de los leños cuando están ardiendo, y es en esos momentos cuando tengo la certeza de que ella no está con nosotros.
Ese tiempo es suyo, nadie puede arrebatárselo, y por un momento ella corre, vuela hacia ese lugar maravilloso del que yo tantas veces le hablé llamado "paraíso", ese lugar en donde ya nunca más volverá a estar sola y abrazará a sus seres queridos que se quedaron por el camino y ahora están esperando dormidos a que se les despierte. Nada puede detenerla, ni las cuidadoras de la residencia de ancianos donde ella lleva dos largos años marchitándose día a día, ni siquiera puede impedírselo la silla de ruedas.
Por un instante se ha visto allí, ¡cómo le han brillado sus ojos aun lindos pero ya cansados! Le hablo, le pregunto, pero ella apenas me conoce, ya no recuerda que un día de otoño de hace pocos años la rodeé con mis brazos para impedir que una ráfaga de aire muy fuerte la arrastrara. Nunca había hablado con los testigos (me comentó ella), pero desde ese mismo día nació entre las dos un cariño sincero y me abrió la puerta de su casa y yo di gracias a Jehová por haberme puesto en su camino y le prediqué y le hablé de nuestro magnifico Creador de su amor de sus propósitos, de su Reino.
Ella tenía dificultades para leer era ya muy ancianita (90 años), pero a mí me encantaba leerle directamente de la Biblia, porque a ella se le iluminaba la cara, y, cuando le hablaba de la resurrección, lagrimas serenas de felicidad le corrían por su carita rosada.
Beatriz nunca se casó, fue la hija y la hermana mayor abnegada y sumisa que cuidó de sus padres y, después, de sus sobrinos. Fue una mujer capaz, trabajadora, honrada, bella, sí, también fue bella, pero se gastó por los suyos y cuando dejó atrás el vigor de sus años de juventud y le llegó la vejez entonces la desposeyeron de lo poquito que tenía, su casa... sus recuerdos... en definitiva: su vida, y la ingresaron en una residencia de ancianos (antes llamadas asilos). Sí, ellos creerán que se lo han quitado todo pero no saben los ignorantes que hay algo que nunca podrán quitarle. Son sus recuerdos, aunque "ellos" digan que es vieja y que tiene demencia senil para acallar quizás sus conciencias.
Pero mi estimada Bettys no está senil, sino que el abandono la ha sumido en una gran tristeza hasta el punto de no querer vivir. Pero aún así en ocasiones tiene ese brillito especial en sus ojos azules, tan serenos, y entonces me acerco y, señalando con el dedo índice hacía el cielo, le pregunto: “Bettys cariño... ¿como se llama?", y me susurra con una dulzura inmensa...
“¡¡Jehová !!”
Mati Sánchez
*Relato basado en un caso real
