Martes, Septiembre 07, 2010
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       Atravesé la colina. Agitada por mis pasos presurosos, llegué al enorme jardín azul como así lo llamaban todos sus residentes. Estaba invitada a un almuerzo, una ocasión importante que habían preparado nada menos que Juan  el bautizante  y Zacarías leal padre. La mesa tenía forma de T. Cada una de sus partes medía aproximadamente ochenta metros. Dimensiones dignas de recibir sobre un impecable mantel de encaje blanco, a unos cuantos personajes de la antigüedad.  Se agolparon las preguntas en mi boca. Busqué donde sentarme y elegí hacerlo entre Raquel y Rebeca para preguntarles cuan grande fue el amor que sintieron por sus esposos y que singular estrategia habían utilizado para enamorarlos tan perdidamente. Como la respuesta no llegó seguí caminando. Al pasar junto a la viuda de Sarepta le pregunté si ella había amasado esa enorme cantidad de panecillos redondos. Sonriendo, asintió con su cabeza y señalando a Sara, me dijo al oído que los había hecho con su ayuda y su toque de distinción culinario.
       Todas las conversaciones se mezclaban: Sansón y Samuel hablaban del nazareato. Noe de las tablas que tuvo que construir para registrar a los predicados y Jonás narraba que su estancia dentro del vientre del pez fue como estar en un paraíso flotante. En un extremo de la mesa, Jacob y Esau se abrazaban emocionados; se reían de sí mismos porque se les había asignado justamente a ellos dos, la preparación del gigante guisado de lentejas que se hallaba sobre un conjunto enorme de brasas, junto a la mesa.
       Sin dejar de admirar cada detalle, me propuse averiguar quién era el orfebre que se había tomado el monumental trabajo de fabricar y tallar los más de trescientos vasos de plata que adornaban la mesa. Benjamín. me dijeron. De inmediato vino a mi mente la trampa de José; no podía parar de reírme... Decenas de rostros desconocidos que también estaban sentados a la mesa, me miraban con curiosidad. Había rostros lozanos y puros con ojos asombrados y felices de estar en el paraíso recobrado. Había hombres fuertes, hombres frágiles, mujeres exquisitas, otras vigorosas... Gente de aquí y de allá. Gente de mi barrio que me sorprendió gratamente y gente que parecía haber dejado atrás su ego y su orgullo. También mi gente, dueña de mi corazón: mis hijos, mis nietos, mi hermano, mi padre y... también... también, ¡mi mama! Comencé a observarla y caminé hacia ella. Parecía poco interesada en el almuerzo, pero sus manos veloces tejían abrigos y bufandas para todos los residentes de esta tierra luminosa. Busqué un lugarcito a su lado y al verme, entre lágrimas y sonrisas, me miró con su acostumbrada fijeza y me dijo: siempre supe que me decías la verdad, a pesar de lo mucho que te hice renegar cuando me dabas las clases bíblicas. Le respondí con calma que las últimas palabras que habían salido de mi boca para ella, fueron que JEHOVÁ jamás la abandonaría. Y no lo hizo.
        Ambas formamos parte ahora, de una familia como la que nunca tuvimos, porque en el viejo sistema de cosas, vaya a saber uno por qué  causa, nunca estuvimos realmente juntos. Vivíamos juntos pero solos. Cada uno en su mundo... amándonos... sin conocernos.
        Por eso en ese instante, agradecí infinitamente los sagrados arreglos de JEHOVA y su   REY  entronizado, JESUCRISTO: el nuevo mundo, la nueva gente, la resurrección y en lo que a mí respecta, el hallazgo de una familia definitivamente unida, para disfrutar de las gloriosas bendiciones de JEHOVÁ... como ésta... la de disfrutar de una maravillosa mesa servida en el paraíso recobrado.


        Dedicado a todos mis hermanos,

    BEATRIZ DONATO 
      Octubre 2009

 

Hoy el día amaneció con un brillo especial en el sol, aunque puse un cuidado especial en mi arreglo no se porque razón elimine del atuendo mis zapatos, tengo una cita muy especial por largo tiempo esperada, es curioso, en mi imaginación he ensayado miles de veces cuales serian mis primeras palabras, que le diría tras tan larga separación, pero en este momento cuando ya ha llegado el día, toda mi mente es una hoja en blanco, solo impera en ella una alegría inconmensurable.

Estoy avanzando lentamente, el suelo que mis descalzos pies pisan es de un césped tan suave que más parece una alfombra de terciopelo verde esmeralda,.Aquí y allá unos parterres de flores de colores variados le dan una pincelada alegre al paisaje, los rodean unos setos tan pulcramente recortados que no parece obra de manos humanas.

A lo largo del trayecto, de tramo en tramo, hay árboles frutales de muy variadas clases, no necesito comprobar si tiene frutos, ellos dan cosechas de continuo, en realidad una por mes, a su sombra se pueden ver algunos cómodos asientos de madera hermosamente labrada, adecuados para descansar mientras los paseantes saborean algunas delas frutas tomadas de los árboles.

El lugar se encuentra amenizado por los trinos de las más variadas aves, que buscan refugio entre la ramas,, unos suenan armoniosos, y otros como los del gorrión alegres y un tanto alborotados.

De vez en cuando, percibo casi sin verlos el movimiento de algunos animalitos, traviesas ardillas en las ramas, la rápida carrera de algún ratoncito de campo, incluso las enhiestas orejas de un blanco conejo que me mira con curiosidad, pero sin ningún temor a alguna distancia.

Es curioso aunque mis sentidos, ya muy agudizados por el tiempo transcurrido desde la entrada en el Nuevo Mundo, perciben todo con claridad todas estas cosas, es solo de forma inconsciente, es tal como si una inmensa pompa de jabón me envolviera, aislándome del entorno.

Aunque ni por un instante alguna sombra de duda se asomara a la mente, ni al corazón, ello no ha hecho menos largo el tiempo de espera.

Todavía puedo sentir el desenfrenado galope que emprendió el corazón al recibir la ansiada notificación

 

“Se le comunica que se persone en el lugar, día y hora que abajo se anota, para dar recibimiento tras su resurrección al que en el viejo mundo fuera su padre.

 Compartiendo con usted el gozo de ese momento sus hermanos del Comité de Resurrecciones.”

 

Débora.

 

Marianela corre hacia la puerta de la casa seguida de su perro regalón, al sentir el ruido de los caballos que tiran la calesa.

—¡ Papá, papá, parece que llegaron!  –grita emocionada.

—Está bien, hija, no corras, que te puedes lastimar  –contesta su padre mientras deja de reparar la puerta de la cocina–. Llama a tu mamá para que prepare la mesa.

—Papito, dígale a la Loreto que le avise, por favor –suplica la niña–   yo quiero recibirlos... ¡Mira aquí llegan!.

En efecto, la calesa se ha detenido a la puerta, y los visitantes bajan de ella. Con gozosa algarabía  Marianela, niña de unos seis años,  retira con discreción de la mano de la dama visitante, de porte distinguido y de unos 45 años de apariencia, un canasto con algunos víveres. Su perro "Motitas", un pequeño perrito faldero, corre saltando contento de un lado para otro, dando pequeños ladridos, moviendo su colita y lengüeteando las manos de las visitas y las mejillas de Marianela.

—Hola, Marianela, qué gusto verte de nuevo. ¡Qué bonito tu perrito... y tú  eres toda una señorita!. Mira, Daniel, ¡qué linda!  –dice la mujer, mientras se inclina para besarla en la mejilla, momento que "Motitas" aprovecha para lengüetear la mejilla de la mujer-  Hola perrito cómo te va... ay no me vallas a ensuciar el vestido ja, ja, ja

—¡ No, "Motitas", déjate pesado... ya! Hola tía Laura, hola tío Daniel  –saluda la niña dando un beso a los visitantes.

—Hola pequeña  –responde el hombre de aspecto maduro, como de 45 años-  Sí, es muy bonita, se parece a su mamá.

—Yo diría que se parece más a su papá  –interrumpe un joven de unos 28 años, mientras  acaricia la barbilla de la niña.

—Hola tío. ¿Cómo se llama usted? –saluda la niña mientras da un beso en la mejilla al joven.

—Claudio. Pero si tú y yo ya nos conocíamos en la congregación, ¿recuerdas que llegué hace como un mes?. Supongo que tu mamá te dijo que vendría.

—Sí, pero no me acordaba cómo se llamaba -contesta la niña, esbozando una hermosa sonrisa infantil.

 

Hace unos días, mi nieto mayor, Mati, me contó que junto al resto de nuestros nietos vendrían a casa, desde el más pequeño hasta el más grande. La idea era pasar todo el día juntos, un día de abuelos y nietos.
Me encantó la idea y a Ismael mucho más, disfrutaríamos a todos los chicos todo un día!!

El día previsto amaneció fresco y luminoso. Como tenía ya todo listo, me quedé un ratito más en la cama, remoloneando como siempre. Disfrutaba ver por la ventana cómo las hojas se movían, al son que la brisa matinal les impulsaba. El dulce canto de unas avecillas, parecían poner música a ese día tan lindo que viviríamos.
En medio de esa paz matinal, algo me sobresaltó. Cómo explicar en palabras lo que sentí?...
Oyeron alguna vez el sonido del trueno? o la sensación del ruido sordo de un terremoto? o el golpear de las olas contra un acantilado un día de tormenta?
Pues bien, eso mismo, solo que todo junto, me distrajo de mis pensamientos y se abrió la puerta del cuarto. Como tropilla desbocada, entraron mis nietos y corriendo se tiraron sobre la cama, acomodándose donde pudieron.
Qué sorpresa!!!No los esperaba tan temprano.
Por un segundo recordé una imagen similar de mucho tiempo atrás, aún en el viejo sistema. Cuando por las noches nos acostábamos con Ismael, los 5 chicos buscaban acomodarse a nuestro lado, aunque algunos ya eran grandes, siempre había un lugar para todos...

Ahora miraba las caritas y veía en cada uno, aquellos rostros del ayer... No necesité decir palabra, la emoción llenó los ojos de lágrimas y los más pequeños con sus abrazos y besos, las borraron pintándome una enorme sonrisa.
Ismael, cómplice seguro de semejante sorpresa se llevó a los muchachos para que pudiera levantarme, mientras las chicas prepararían el desayuno. Cuando entré a la cocina, podía oler el pan tostado y las frutas recién exprimidas, pero noté sin dudarlo, que algo tramaban... A la orden de Matheo , aunaron sus voces a coro y dirigiéndose a mí pedían les hiciera leche batida, una y otra vez . Cuando sus papás eran chicos y hasta a ellos mismos, les preparaba la leche con cacao y la batía, quedándole una espuma espesa que les dibujaba los bigotes. No pude menos que reírme, al punto que la emoción y las lágrimas quedaron ahogadas por la alegría.

Toda la mañana fue un ir y venir, pero no por los quehaceres, sino porque no paré de jugar ni un momento, como en mis días de jovencita. Con Ismael nos multiplicábamos para estar con todos y disfrutar cada momento.
En un descanso merecido, nos sentamos con los chicos más grandes, les agradecí la feliz idea que tuvieron. Al preguntarles por qué se les ocurrió, esto me dijeron:
-Sabes abuela?, aunque nos vemos seguido, siempre está la familia y vos y el abuelo están de acá para allá....es difícil que podamos estar con uds un rato largo...Con los chicos queríamos regalarles algo, pero nada les hace falta, y mientras pensábamos, Sari, a pesar de ser tan pequeña, elevó su vocecita para decir "Y si les regalamos un día...?".
Al comienzo nos pareció gracioso, decía Mati, "un día..." era algo extraño, sin embargo sirvió de base para que fluyeran las ideas y entre todos dieron forma a este hermoso día. El solo pensarlo nos emocionaba, ¿Y...les gustó la idea?
Miré fijamente a esos rostros tan amados, cuyas caritas tenían la impronta indeleble de mis hijos, con los rasgos de Ismael y algo de los míos...y no pude hablar, una vez más en ese día se me escaparon las lágrimas, y lo más bello que me pasó, fue el abrazo cálido , dulce y apretado que los chicos nos dieron uniéndonos con Ismael, bien juntitos...

Cuando la casa quedó en silencio y todo volvió esa noche a lo cotidiano, no sentimos la casa vacía, no nos sentimos solos. Nuestro hogar quedó lleno del dulce sonido de sus voces, de sus risas contagiosas, sus abrazos...El aire quedó colmado del bello aroma del amor y recordé las palabras de un conferenciante, hace ya mucho tiempo atrás, en el viejo sistema. Fue en una asamblea de distrito cuando invitaba a imaginar el nuevo mundo y animó a los padres a esforzarse por criar a los hijos según las regulación mental de Jehová y citó una parte del salmo 128:3 : "...tus hijos serán como plantones de olivos todos en derredor de tu mesa."
Y siguió diciendo que podríamos ver cómo esos plantones darían brotes y nosotros podríamos estar allí para verlos.... Y qué cierto fue eso!!! Lo vimos cumplido pues disfrutamos un hermoso día con esos brotes tan queridos, todos en derredor de nuestra mesa.


SILVIA ESPIÑO

2009

 

Los primeros rayos del sol de la mañana, traspasan las copas de los árboles de las colinas que circundan la hacienda de Wilder. Se posan tímidamente sobre los rosales bien podados que con tanto esmero cuida su esposa, Margarita. El cercado de madera, en tono “palo rosa” que bordea los rosales, hace resaltar los vívidos colores de una inquieta mariposa que revolotea de flor en flor hasta el cercado, para luego dirigirse a las ramas floridas de las acacias que custodian la entrada a la hacienda. Estos estoicos vigilantes del tiempo, continuamente visitados por coloridas avecillas ensayando primorosos trinos, dan sombra al zigzagueante sendero de tierra endurecida, que nace en el hermoso pórtico estilo romano de la casa principal, hasta perderse en las lejanas colinas cubiertas de césped que, cual alfombra verde y exuberante, es salpicada de cuando en cuando por puntitos de colores, regalo de flores, como si fuera el resultado del descuidado y ágil pincel del sublime Artista.

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Es una mañana muy fría. Las calles angostas y pavimentadas  parecen estar siendo barridas por el leve viento helado de la madrugada. De vez en cuando un vehículo, evitando el tráfico principal, pasa raudo, levantando papeles y polvo. La neblina matinal poco a poco comienza a desdibujarse, permitiendo los débiles rallos de sol. Junto a una puerta alta de diseño antiguo y macizo, de madera apolillada y  desvencijada, una niña extremadamente delgada, de unos quince años, de cabello largo y mal tratado, intenta dormir acurrucada en el dintel, apretujando su raída chaleca de lana contra el pecho. Sus pies descalzos luchan por buscar abrigo enroscándose entre unos papeles viejos. El sonido de su persistente tos, se siente apagada y seca, retumbándole el pecho. Su mirada triste y sin brillo, inexpresiva, parece evidenciar la total desolación de alguien que experimenta la pérdida de toda esperanza. El sopor del sueño producido por el frío, apenas permiten que mantenga sus ojos abiertos. Por eso, apenas puede distinguir al joven que se inclina a su lado. El joven, tiernamente, con su mano derecha, levanta la barbilla de la muchacha.

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Falta un día menos
para ver nuestros sueños cumplidos
de una tierra limpia y en paz
donde la justicia habrá de morar.

Falta un día menos
para que las lágrimas de pena
dejen de fluir ansiosas
dando paso a las de alegría que saldrán.

Falta un día menos
para el reencuentro esperado,
aquel día tan anhelado
en que abrazarás a tu ser amado.

Falta un día menos
y esa cita que tenemos
será por fin realidad,
donde cantaremos y bailaremos
sin penas, dolores ni impedimentos.

Entonces amiga mía querida
mirando al cielo agradeceremos
porque juntas diremos
Gracias Jehová, por un día más !!!!!


Silvia Espino
24 /11 /09

 
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