Martes, Septiembre 07, 2010
Tag:congregación

Esta  es la historia (real) de un niño de unos tres años de esos que hacen impacientarse (hasta la angustia) a sus madres en un Salón del Reino cualquiera, de cualquier parte del mundo, y que a mí me tocó conocer personalmente. Me hubiera gustado decir que “El Checho”  (Así se le conocía, actualmente de unos 27 años ahora), sigue fiel en el camino de Jehová, pero lamentablemente aún no se decide por el camino verdadero, a pesar que su madre sigue fiel a Jehová hasta el día de hoy, y que su hermana de unos años menor, es precursora en su congregación. Tal vez influyó su padre no testigo y muy enérgico, que derruía toda la enseñanza teocrática que la madre con tanto esfuerzo trataba de inculcar en su hijo. En fin, esperemos que algún día Jehová le ayude a apreciar el mejor futuro que tendría si se decidiera a servirle.  Su mamá, la hermana Eduvigis (se ha cambiado el nombre), decía que el Checho era “inquieto”, tratando de disculpar a su hijito, quien, por supuesto no tenía culpa alguna ya que a su edad (unos tres años) los niños sacan partido de la dualidad de enseñanza de sus padres.

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En nuestra congregación un amado hermano, solo en la verdad, se “enfrió”.

Simplemente un día dejó de asistir a nuestras reuniones. Al comienzo los hermanos pensaban que se había enfermado. Bueno, eso suponían. Y como siempre se piensa que “algún hermano anciano” debe estar visitándolo para ayudarlo, no le dieron mayor importancia. Al cabo de unas semanas varios hermanos preguntaban a otros si sabían del hermano Ausente. Nadie había tenido tiempo de visitarle en su casa, y no le habían llamado pues el hermano no tenía teléfono. Dos ancianos hicieron arreglos para visitarle, pero no le hallaron en casa. Esos dos meses en particular, los ancianos habían tenido mucho trabajo en la congregación. Dos comités judiciales, las preguntas para el bautismo de varios publicadores, los arreglos para la visita del superintendente de circuito a la congregación, habían hecho que el hermanito ausente pasara desapercibido. Lo penoso es que a veces nos terminamos acostumbrando a la ausencia de un hermano, de modo que al pasar el tiempo, ya nadie se pregunta qué fue de nuestro hermano. Y eso fue lo que pasó en este caso.

Unos tres o cuatro meses después, una hermanita de edad avanzada, viuda sin familia en la verdad y sin hijos, se acercó temerosa a uno de los ancianos. Tenía algo que comunicarles. El hermano anciano al escucharla, se sintió muy perturbado. Después de una reunión pública y del estudio de la Atalaya, pidió a los demás ancianos reunirse brevemente en una sala contigua al salón principal.

Allí les comunicó que la hermanita anciana, había buscado infructuosamente al hermano Ausente en la congregación por varias semanas, y al no saber de él planteó su preocupación al anciano Superintendente de servicio. El hermano ausente, la había visitado en su casa en muchas oportunidades cuando ella estuvo enferma sin poder valerse por sí  misma. Incluso relató que el hermano, carpintero y albañil de profesión, había tenido la bondad de arreglar su tejado en el invierno, cubrió las rendijas por donde se colaba el frío, y le había llevado alimento en varias oportunidades, pues la hermanita recibía muy poca ayuda de su pensión de viudez. Ella se sentía profundamente agradecida del hermano Ausente, y se angustiaba por no poderle agradecer personalmente todos sus cuidados.

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